
Varios jóvenes se levantan. Arranca el sonido de un tambor y el de la quijada de un burro que se raspa: la charrasca. De repente, el silencio. Luego, los pasos acompasados irrumpen y se hacen escuchar con más fuerza, más unidad, más cerca. El estruendo es claro, igual que su argumento.
Ese es el mensaje de la Danza de los Diablos, por la cual el Dios Ruja “nos hizo razonar que el negro también tenía libertad, y que también podía hacer y podía opinar», relata Jonathan Torres, de 16 años, de Santa María Huazolotitlán, que forma parte de la Costa Chica de México. En esa región de Guerrero y Oaxaca, donde las olas no se detienen, el pueblo afrodescendiente preserva una de sus más profundas raíces.
Las olas, aunque distintas, son parte del mismo movimiento, como ocurre con el pueblo afromexicano y sus juventudes. Persiguen lo mismo: una vida feliz y el deseo de retribuir a su comunidad. Una comunidad rebelde y alegre, dice Jonathan, y que debe ser escuchada sobre las decisiones que le afectan, sin importar su extensión o población.
En México, 3.1 millones de personas se reconocen como afrodescendientes, de acuerdo con el INEGI, y buena parte de su arraigo está en la Costa Chica. Dafne Toscano, de Santiago Pinotepa Nacional, expresa con claridad ese baluarte a sus 16 años.
Sin embargo, persisten las desigualdades y el racismo sistémico. Juana Aída Cruz, de 30 años, de Santiago Tapextla, recuerda que cuando se formaba como ingeniera en desarrollo comunitario «era la única negrita, chinita… incluso decía una compañera que hay que cobrarles la borregueada». Como si la distinción tuviera precio.
Juanita, como se nombra, advierte: «el ser negro no debe significar el no tener oportunidades de sobresalir, de realizarte como un ser humano cualquiera”. ¿Es importante seguir fortaleciendo la identidad afro?, se le pregunta. “Sí, claro que sí. Es la única forma que tenemos para valorar, valorar todo”, dice con una mirada fija y habla del zapatear la artesa, del lenguaje propio, de la picardía y la rechura, hasta ocupar los espacios escolares y públicos.
Beatriz García, Melody Martínez y Anaís Silva, son tres mujeres afromexicanas; las primeras de Santiago Pinotepa Nacional y de Santiago Tapextla, respectivamente, en Oaxaca, y Anaís de Cuajinicuilapa, Guerrero. Siendo adultas, reconocen el valor de la autoadscripción y, para ello, del acceso al conocimiento. «Aunque muchas personas tienen el fenotipo, no se adscriben así, pero creo que es falta de información porque, a lo mejor, no se adscriben como afromexicanos, pero sí como negros.
Hay que tener más educación sobre esto”, considera Beatriz.
Juanita, como se nombra, advierte: «el ser negro no debe significar el no tener oportunidades de sobresalir, de realizarte como un ser humano cualquiera”. ¿Es importante seguir fortaleciendo la identidad afro?, se le pregunta. “Sí, claro que sí. Es la única forma que tenemos para valorar, valorar todo”, dice con una mirada fija y habla del zapatear la artesa, del lenguaje propio, de la picardía y la rechura, hasta ocupar los espacios escolares y públicos.
Ese es el corazón de Ola Afro, una estrategia comunicacional de la UNESCO, impulsada con Racismo MX, dentro de un proyecto en conjunto con el UNFPA y con el auspicio de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. Sobre la base del autorreconocimiento libre y sin miedo, busca robustecer las capacidades de las juventudes afromexicanas para participar en los espacios institucionales, comunitarios y públicos.
Ola Afro se construyó mediante encuentros con cerca de 500 jóvenes de Oaxaca y Guerrero, junto a maestras, maestros y colectivos para el desarrollo de distintos materiales informativos y didácticos, murales en la Afrouniversidad Politécnica Intercultural y la Universidad Autónoma de Guerrero, además de publicaciones ilustradas sobre los Lugares UNESCO de Historia y Memoria vinculados a la Esclavitud y la Trata de Personas Esclavizadas, en México.
Declaraciones de los jovenes
«Tenemos derecho a opinar, a votar, a hablar, a ser escuchados».Jonathan Torres
«Ser afro es un orgullo simplemente porque me representa a mí y representa a mi pueblo». Dafne Toscano
«Quiero que mi hija amé lo que es, que aprenda a valorar su cultura y su tradición, que aprenda a conocer el significado y el peso que tiene ser afromexicano, el saber de dónde vienes, de dónde naciste y por qué estás aquí». Melody Martínez
¡Monta la Ola! ¡Enciende la motora!
Consulte los cinco episodios en video de Ola Afro. La música que escuchará es «Ola» de Michelle Maabelle, artista afromexicana, quien desarrolló la pieza especialmente para la campaña junto con otras personas afromexicanas. Ir>>>
Swisslatin / UNESCO Prensa (07.09.2026)